|
Pepe
Viernes
por la noche... son las diez, en la calle hace "rasca",
ya se le empiezan a ver las orejas al invierno...
Pepe acaba de salir de la estación
del tren de cercanías de Vallecas, está temblando
y el cartel que indica el nombre de dicha estación: "Sierra
de Guadalupe", poco a poco va empequeñeciéndose
a espaldas de José Luis -que así le llamaron en
otros tiempos-, que anda maquinalmente hacia adelante por una
calle donde entre la pequeña acera y el bordillo se forman
grandes regueros de agua que en varios de sus tramos, invaden
los surcos y hendiduras del pavimento por donde camina.
Tras
un par de horas de tregua y silencio, la lluvia ha reanudado su
ritmo, un medio tiempo que no llega a empapar, y sin embargo alentado
por una constancia infinita, a Pepe se le ha comenzado a calar
el alma.
Las
personas que se le cruzan, no se detienen a observarle, le pasan
de largo, y si les es posible, se retiran al pasar él.
Todos esperan lo mismo, que el joven
les aborde para pedirle, o en caso de los asustadizos: robarles,
unas cuantas monedas... no se dan cuenta, porque no les ha dado
tiempo a mirarle a los ojos, que Pepe tiene un rumbo fijo escrito
en su mirada ausente, perdida... huérfana de esperanza
y carente de fe alguna. Pepe ya tiene lo que necesita: unos euros
que ha reunido, haciendo precisamente lo que la gente que se aparta
a su paso teme de él, pero ahora, ya tiene lo que necesita
y el tren le ha dejado en la estación más cercana
a la "barranquilla".
Ahora le queda un paseo de unos
dos o tres kilómetros saliendo de vallecas, pasando por
un polígono industrial, siguiendo una carretera mal pavimentada
y encharcada, subiendo una cuesta, siguiendo un camino que bordea
las vías de otros trenes más serios de menos cercanías,
atravesando un descampado transformado en un estercolero que al
fin desemboca en un poblado, atestado de: mierda, coches que sortean
gente, gente que evita a los coches, coches abandonados transformados
en viviendas para personas, mucho barro, pistolas, cuchillos,
droga... mucha droga, y miles de millones de litros de mala sangre
alimentando todos y cada uno de los órganos vitales del
mayor mercado de la droga en Madrid.
Mientras
hace maquinalmente el camino, no piensa en nada, sólo mira
hacia adelante, ya no se acuerda de sus veintitrés años,
ni de cuando a su padre le echaron de la empresa, ni de las palizas
a su madre, o a él mismo, ni de cuando el viejo murió
después de haberlo perdido todo, lo poquito que tenían:
un piso... no se acuerda de su madre, ni del alcohol que la dejó
idiota, tampoco se acuerda de su forma de llevar dinero a casa,
no se acuerda de los desahucios, no se acuerda del grameo... ya
no se acuerda de cuándo comenzó a olvidarlo todo
con un amigo chino... Pepe, tan sólo
piensa en dónde conseguir algo para hacerse otro amigo:
otro chino, y seguir así sin recordar... ¿para qué?...,
el sólo piensa en llegar a la casa de los gitanos.
Unos
policías han detenido su vehículo de verbena al
cruzarse con él, le han mirado, él no, él
no ha mirado a esos putos funcionarios, tan sólo se ha
cagado en dios en voz alta, y ha seguido con su tembloroso caminar
sin importarle el hecho de que los policías sigan su camino
o no...
Al
caminar el camino tercermundista que sigue el trazado de las vías
del tren, varios coches le han salpicado de barro, Pepe no se
ha quejado, él ha seguido caminando, sólo ha pensado
"podríais reventar, pijos de mierda", otros coches
pasan sin salpicarle, la mayoría de ellos son "cunderos",
y de una forma o de otra conocen, les suena su cara, o se han
cruzado alguna vez con Pepe... algún cundero le saluda,
pero él, no responde, sólo se agarra las solapas
de su vieja chaqueta para protegerse de la lluvia, del frío,
y de sus propios temblores... todo ello, por supuesto... ¡en
balde!.
Una vez en el "territorio"
-así llaman Pepe y sus conocidos a la barranquilla-, el
joven aprieta el paso, y entre chavolas, coches, barros, hogueras
y más conocidos, llega a casa de los gitanos.
Unas
cortinas verdes y raídas le dan la bienvenida a la gran
chavola. Tras la cortina, una sala donde hay varios yonquis -como
Pepe-, que ya han conseguido lo que necesitaban y trabajan recortando
bolsas de plástico blancas haciendo grandes círculos
de unos doce centímetros de diámetro. Pepe se relaja
un poco, al tiempo que saluda a uno de los que cortan las bolsas,
pero ninguno mira a los ojos del otro, cada uno: a lo suyo...
Tras
la estancia donde se cortan las bolsas, hay otra mucho más
grande que está dividida en dos mitades por unas columnas
semi-derribadas, las dos mitades tienen alturas distintas.
Abajo, donde Pepe forma una fila con otras
quince o veinte personas, organizadas por otro de los yonquis
que trabajan para los gitanos a cambio de unas dosis al día...
éste es negro, debió ser uno de esos negros fuertes
y grandes, ahora es el "viernes", nadie sabe su nombre,
todos le llaman Viernes, él sonríe a los conocidos
y si puede les adelanta unos turnos en la fila... si puede, o
si los conocidos en cuestión, son de los que le dejan una
"cunda", y al resto les va agrupando al fondo, mientras
mantiene el silencio de la clientela... "a ver señores...
al fondo, no os quedéis en la puerta... a ver señores,
un poquito de silencio... ¿vale?...!. Viernes nada más
ver a Pepe, le saluda, una vez que ha visto en la cara del joven
"que no hay cunda que valga", le indica que se pegue
a la pared y que ocupe su sitio, esperando su turno en silencio,
y se va a saludar a otros dos que entran, a estos dos después
de una pequeña charlita de unos veinte segundos, les sube
arriba, a la otra parte de la estancia, que está unos treinta
centímetros más elevada que en la que está
Pepe.
La
espera ha sido interminable, pero Pepe ha subido por fin el escalón
que separa ambas partes de la estancia. Se encuentra apoyado en
una de las dos columnas, esperando que el gitano -frente a él-
despache a un pijo que no hace más que hablar, a su izquierda
un compañero de viernes le recuerda una vez más
que espere a que el pijo se vaya para hablar con el gitano y que
mientras tanto, no cruce las columnas, al resto les recuerda lo
mismo que viernes... "callaros coño, un poquito de
silencio... tú, negro, diles que guarden la fila coño...
¡que pa ser tan negro, eres mu blando!...".
Una vez que el pijo se marcha comprobando
la cantidad que el gitano le ha echado en una bolsa de plástico
blanco de unos doce centímetros de diámetro, es
cuando le llega su turno a Pepe, pero al señalar el montoncito
marrón con la misma mano donde sujetaba unos billetes,
suena un walky que uno de los vigilantes del gitano lleva en la
mano, (en la otra llevan un tubito que les sirve para fumar sus
chinos), el gitano pasa de Pepe y da instrucciones... "pues
si están ahí fuera, dile a esos que despejen el
parking y cierra aquí... ahora a callarse me cago en la
hostia puta... al que hable le reviento la cabeza.", y mirando
por fin a Pepe, le dice: "y tú, espera".
Aún a pesar del monazo, a
Pepe no le quedan más cojones que comérselo y esperar
a que pase la tormenta, en silencio por supuesto.
Él sabe muy bien a quien tiene sentado detrás de
la mesa con tres montones de polvo y roca de tres colores distintos
y una balanza de precisión, de esas que parecen una calculadora.
En la parte más baja de la
estancia, hay otros que, por lo visto no saben quién está
detrás de esa mesa y se ríen de algún chiste
que alguno de ellos ha contado... Paco -el gitano tras la mesa,
el que manda allí a esa hora-, se levanta para aclarar
conceptos.
Pepe le pregunta la hora a viernes,
"las doce en punto" le contesta, y antes de despachar
a los que montan ruido abajo, Paco le pregunta a nuestro amigo,
"¿un pollo de caballo?", Pepe le responde en
silencio, asintiendo con la cabeza: "sí", y ambos
cambian mercancía y dinero de manos, el gitano le señala
la parte de atrás de la chavola y el negro viernes le acompaña
a otra estancia donde hay una puerta que da a la parte de atrás
de la casa.
Al salir de ella, escucha chillar al gitano,
pero eso ahora le da lo mismo, y sin alejarse mucho de allí,
se prepara un buen chino de caballo... aspira el humo... y ya:
nada importa... ¡que os den a todos!, piensa mientras sigue
su caminar...
La luna helada: la mía
Un
día decidí ponerme una camisa gris;
Pero una noche cualquiera: maldita, la luna acabó con ella.
En el calor del horizonte, al quemar a su rey (al de ellos)
mi luna arrancó de mi piel ¡de cuajo!, aquella camisa,
y heló mi piel... para siempre...
Los
ojos se oscurecieron; la mente terminó... no sé
que ciclo;
La rabia se la llevó el viento; y las ciudades quedaron
en andenes de antaño...
Y
tuve un sueño infinito; ¿quizá morí?,
¿O quizá nací?, De nuevo: otro en los restos
de mi cuerpo:
helado... despierto
¿Dónde
está el sol?, ¿Dónde está el sol?,
¿Dónde está el sol?...
Tres veces..., y a la cuarta,
la luna me dijo:
Aquí sólo estamos tú y yo
¿Y para qué más?
dije abriendo los ojos;
despertando del miedo primario
Si
no me pierdes de vista,
puedo darle luz a tus sueños
¡qué luna bella!, sea
dijo el niño que en mí nació, (al que no
mataron bien cuando pudieron)
Despierta
mi bien, ¡despierta!
Y la dama chascó los dedos: un, dos tres: despierta
Desperté
en una cima (en la mía),
las cumbres andaban resfriadas: pero yo ...
inmune, helado.
Caminé
flotando entre alerces
de acículas perfiladas por blancos pinceles...
Que se difuminaban hacia la madre,
la verde helada (¿quien dijo tierra?)...
Los
ojos despiertos del universo enterrado
(entre hojas, nieve, silencios y noches en vela),
me lanzaron sus frecuencias...
El oído se adapta a todo, si está frío
(despierto, si gana su pan cada hora)
Un
cárabo que vigila su finca;
la madre del rayón que hoza entre las tejas que techan
al ratoncillo,
y éste: huye, de todos; un zorro también le busca;
y él: listo, frío: despierto...
Gana otra noche de vida
Y
yo -que entiendo sus nobles guerras-,
me tiro hacia el viento... y éste: me aleja
y bajo por el sendero
que antaño ganaron el cielo y su llanto a la tierra
Y
sumerjo mi piel sin camisa, helada por "ser" despierta,
entre los cauces que bajan la vida de arriba,
al suelo de mi madre tierra...
Jugueteando
con un nuevo vástago,
un salmón de memoria infinita
que un día volverá a su montaña, desde la
mar sin fronteras...,
Nado
y nado a su vera,
y el mar desemboca en mis venas,
mi extraño amigo diluye sus aleteos,
entre cientos de voces viajeras...
Salto
con los delfines; y arriba del mar veo a mi dueña:
mi luna que sigue a lo suyo:
despistando al rebaño... ¡embustera!...
Y
una espiral de violencia,
calienta mi piel en la hoguera,
muriendo desde mi muerte, volviendo a la vida perra,
despierto de algo lejano, del frío que calienta mi alma,
dejándola: entera, alerta...¡ despierta!
Tras
la ventana descubro a mi luna mirando,
me susurra:
ahora duerme -paga tu condena-,
esta noche te estaré esperando donde siempre,
estés donde estés,
yo estaré fuera.
|