el bosque, de día
La lluvia había cesado, y el sol
se abría paso a duras penas entre unas nubes muy grises que
presagiaban que volvería a llover... pero eso sería
luego. A esa hora: las cuatro de la tarde, las ramas de las hayas
filtraban la luz solar transformándola en un arco iris centelleante
adornado por las sintonías de cientos de pájaros que
se contaban sus historias, la voz del viento matizaba cada rincón
del bosque perfilando cada uno de los millones de tonalidades del
verde eterno, y agitando hojas y ramas, cambiando a cada nuevo soplido
el pequeño matiz que transforma el verde en amarillo, y este
finalmente en un fresco destello dorado. Las hojas amarillas, marrones
y la hierba que se abría paso entre ellas, tapizaban la alfombra
de la foresta, armonizando a la perfección con los miles
de diminutos dedillos verdes que acariciaban piernas, brazos incluso
el torso de Luis, los helechos parecían cachearle, permitiéndole
el acceso al sagrado recinto que custodiaban: las veredas del ancestral
Németon.
el bosque, de noche
La lluvia no cesaba, si acaso cada minuto
traía consigo una mayor intensidad en su tarea. El cuerpo
del incauto estaba empapado, se estaba quedando frío, y la
cosa comenzaba a ponerse seria, puesto que no estaba preparado para
pasar una noche a la intemperie.
Luis llevaba unos vaqueros, unas deportivas
de aquellas con las que, ni se puede jugar al fútbol, ni
se puede pisar un charco; en el torso, una camiseta y un jersey
de lana fina, y cubriéndole, un chubasquero que había
dejado de ser impermeable hacía ya un buen rato, y que -obviamente-
no abrigaba.
La noche aún podía ponerse
peor, y la bruma del bosque omnipresente en otoño, comenzó
a levantarse y se puso bailotear entre salgueiros (sauces), humeiros
(alisos), bedules (abedules) hayas y carbayos (robles), que crecían
ajenos a los miedos irracionales, de aquel ser racional llamado
Luis. El joven, decidió esperar en alguna oquedad a pensar
qué hacer... o al menos a refugiarse.
No encontraba ningún hueco donde
esperar, caminaba casi a tientas, el camino se había diluido
entre la niebla, al menos en ese instante la lluvia era constante
pero su intensidad había decrecido y casi podía confundirse
con la humedad que siempre da forma a las brumas. Por fin se topó
con el tronco hueco de un enorme carbayo, que le brindaba un extraordinario
refugio donde poder pensar con claridad, y allí se metió,
cubriendo parcialmente la entrada con algunas ramas de helechos.
Una vez allí, la humedad hacía
imposible cualquier intento por adoptar una postura cómoda,
el olor a madera pudriéndose no era lo que hacía insoportable
la estancia, debería haber algún resto de lo que un
día fue un animal, porque apestaba todo aquel agujero, pero
la situación era así de cruda: o el agujero, o la
lluvia, la niebla, el cansancio, el frío... y por qué
no: el pánico.
Luis se sentó sobre un lecho
de hojas que previamente recogió y flexionando las rodillas,
las sujetó con ambos brazos que se unían bajo estas,
apoyó su cabeza sobre ellas, viendo en esta posición
la única forma de sobrellevar aquello sin tener que recostarse
en las húmedas paredes del interior del carbayo. Su intención
no era dormir, así que pensó, intentó recordar
los consejos de su abuela, sus lecciones sobre el bosque. Intentó
recordar cómo leer en los troncos. Él sabía
que el musgo indicaba el norte, que los troncos lo señalaban
así, pero era incapaz de elegir un rumbo, porque cada tronco
que le rodeaba estaba enmoquetado casi en su totalidad por ese húmedo
verdor, tan bello sin embargo a la luz del día. Pensó
esperar, con suerte en algún momento dejaría de llover
y en Asturias el cielo es muy cambiante, siempre podría dejar
un claro lo suficientemente amplio como para localizar la estrella
polar... eso si lo permitía la vegetación.
Sacó la cabeza por el pequeño
hueco que había dejado al taponar la entrada de aquel lugar,
intentó buscar algo, lo que fuera que pudiera ayudarle. Afuera
el sonido se resumía en un constante repiqueteo de gotas
que martilleaban el suelo, desde el cielo, desde un tronco, desde
cualquier sitio. Así que el ritmo de la lluvia, monótono
tras cualquier ventana, en el bosque se transforma en una sinfonía
de un desorden infinito. Todo suena, el agua cae desde cualquier
lugar; pero a Luis había dejado de asustarle, se había
familiarizado con el húmedo universo y comenzó a volver
a centrar su atención en los sonidos, en diferenciar los
que producía el caer del agua y los que provenían
de la vida del bosque, que en absoluto se detiene porque llueva
o deje de llover...
Luis se entretenía abriendo su boca
y exhalando vaho, juntándolo así al deambular de aquella
bruma que culebreaba entre los árboles, unas veces aproximándose,
otra alejándose del joven... hasta que de repente, cesó
el constante martilleo de las gotas que caían de arriba,
dejó de llover... pero también dejó de escuchar
el sonido de la vida...
Y comenzó un silencio frío...,
extraño..., perturbado únicamente por aquellas gotas
que seguían cayendo a destiempo desde alguna rama que ya
no aguantaba su peso. Inmediatamente, Luis se puso alerta, él
sabía que el bosque nunca deja de hablar, si no es en anuncio
de algún oscuro presagio... si no es porque quiera advertirnos
con su silencio. El impacto de las gotas de agua que seguían
cayendo, retumbaban en su cabeza desconcertándole, distrayendo
su atención y posicionándole allá dónde
sonaran. Luis no dejaba de mirar en la dirección de dónde
provenía cada nuevo impacto, no dejaba de mover su cabeza,
hasta que un viento helado se llevó las brumas con un silbido
que recorrió su cuerpo en forma de escalofrío... en
menos de un segundo, hasta las gotas parecieron cesar su letanía.
El corazón del imprudente joven
era un bombo golpeando rápida y constantemente contra su
pecho, y su grave y acelerada cadencia no le permitía pensar
con claridad, el pánico le había dejado petrificado...
pero sus ojos mantenían una frenética activad y creyó
distinguir una irregularidad en aquel siniestro lienzo. Parecía
diferenciar unas tenues luces que provenían de unas decenas
de metros. Al centrarse en ello y concentrar su atención
en identificarlas, observó inquieto que aquellas luces...
más de diez, extremadamente débiles, venían
en su dirección, y de repente unos susurros violaron el críptico
silencio. Luis creyó distinguir varias palabras... pero intentó
racionalizar su conducta y pensó: "estoy alucinando
coño, será gente que pasea... ¿y quién
va a pasear por el bosque a estas horas?", pero los susurros
volvieron a sonar. Un viento frío parecía volver a
hablarle en un estremecedor y siniestro idioma... y de nuevo, intentó
ignorarlo, apretó los dientes para que el corazón
no se le escapara por la boca, y como pudo, siguió pensando:
"eso es... vienen a buscarme... ¿y quién coño
sabe que estoy aquí?". Y la respuesta a esa maldita
pregunta vino en forma de otro aviso con un tono agudo cercano al
silbido -que ahora sí-, pudo escuchar a la perfección...
los seres del bosque: el busgosu
De repente, algo crujió a la izquierda
del aterrado furtivo, éste se giró rápidamente,
pudiendo ver el dibujo fugaz de una sombra que atravesaba la niebla
a una velocidad inusitada y diabólicamente inhumana, dado
el dificultoso terreno por donde se andaba, aunque Valen hubiera
jurado que aquel ser, fuera cual fuera, corría erguido sobre
dos extremidades y su altura sobrepasaba la de un ser humano...
El corazón del muchacho se paralizó al darse cuenta
de aquella total desconexión entre lo que acababa de ver
y su posibilidad física...
A
varios metros de allí, Agus y Tino habían sentido
el mismo gran silencio, ellos habían dejado de escuchar
varios minutos antes a su amigo, ambos se encontraban apostados
tras un gran tronco muerto que cortaba un sendero que bajaba a
un arroyo que súbitamente había dejado de tintinear,
pero Agus no advirtió peligro alguno y se empeñó
en querer ver el indicio inequívoco de que los lobos rondaban
la zona: "¡ves...!, ¡ves!, todos se callan cuando
pasa el lobo... ¡silencio!, deben estar cerca".
Para su compinche, la situación
era radicalmente distinta, a Tino le cruzaban la nuca gruesas
gotas de un sudor helado, que manaba fruto del terror. A él
le había gustado aquella idea de cazar unos lobos pero
había sido el alcohol el que le hizo olvidar que era de
noche, y que nunca se debía entrar en el bosque sin la
protección del astro rey... "pero, Agus... ¿y
el río?, ¿oíste que ya no suena...?".
De repente, Agus le apretó el brazo,
Tino le miró, viendo cómo éste le indicaba
silencio con su dedo tapándose los labios. Acto seguido,
le hizo un gesto con la cabeza: "mira hacia allí",
y vio salir un lobo de una roca situada en un extremo del tronco
que les cerraba el paso, Agus preparó su arma... ¡y
disparó!. Tino sujetaba su escopeta preparado para disparar,
pero no lo hizo. Agus saltó el tronco y corrió hacia
el lobo que se retorcía en el suelo, pero Tino siguió
inmóvil apuntando a la agonizante bestia, el silencio seguía
paralizándole y mientras Agus se acercaba a su presa, una
sombra con aspecto humano que salió de la nada, se interpuso
entre él y su amigo, que no se había percatado de
lo que se le acercaba por la espalda.
La sombra caminaba hacia el cazador que en ese instante se agachaba
para ver de cerca al lobo que acababa de matar... a Tino se le
aclaró la vista de repente y pudo ver que lo que se aproximaba
a su amigo no era del todo humano...
...
Al incorporarse fue a coger su escopeta... Pero otra mano la asía
con mucha más fuerza de la que él o cualquier persona
pudieran haberlo hecho...
La oscuridad no es amiga de los detalles,
pero entre las ramas de aquellos colosos se había colado
algún que otro pequeño haz de luz de la luna olvidada,
posibilitando con ello, que Valentín distinguiera en la
mano que sujetaba el fúsil, unos rasgos morfológicos
alejados de la raza humana, pues los dedos de aquella bestia eran
inusitadamente largos, al igual que las negras uñas que
crecían de cada uno de ellos, un extenso bello los cubría
al igual que la extremidad que los continuaba, y así fue
descubriendo la infernal figura hasta llegar a cruzar sus ojos
con los de aquel ser...
Y una voz más grave y profunda
que el sonido de un gran gong, le paralizó el alma, gritándole
desde sus ojos de fuego:
"¡No me mires... ni se te
ocurra mirarme!",
Valen, bajó la mirada de inmediato
y desistiendo en su intento por hacerse con el arma, volvió
a escuchar el tono imponentemente grave de aquella voz... "¡ahora,
es mía... fuera de mi bosque!"...
los avaros
"Esto es todo, señores. Si quieren,
pueden ir firmando la última voluntad de su madre (y al llegar
a Luis, cambió el sustantivo), de su abuela."
Media hora después, cuando el notario hubo marchado con su
perro faldero, quedaron solos en la casa los familiares de Manuela,
que tanto tiempo hacía que no se encontraban juntos...
-
Pues saliste ganando tú, Luis. -Pelayo centró la
conversación en lo que a él le importaba de verdad,
para eso había ido al pueblo-, sí, porque esta casa
vale más de los ciento veinte mil euros que nos ha dejado
la vieja a cada uno de nosotros tres...
- Ya te enteraste del dinero que tenía la mi madre... ¡serás
cabrón! -su hermano José Luis se alteró,
su hija le calló de inmediato.
- Padre, no se altere -y mirando a su tío, el de Oviedo-
y usted tío, no se ofenda con mi padre...
- ¡Joder, José Luis!, ¿a qué viniste
aquí, si no fue a saber lo que nos dejó nuestra
madre?... ¡por supuesto que sé cuánto dinero
tenía!, ¿o creías que iba a dejar que una
vieja que ya chocheaba nos dejase sin nuestra herencia?...
- ¡Joder, Pelayo! -su hermana Tere, le cortó de inmediato-
mamá no chocheaba... mamá siempre fue... especial.
- No, ahí lleva razón el tío Pelayo -intervino
Paula-, que usted tía, no la veía desde hace tiempo,
¡y sí chocheaba, sí!...
- Yo creo... -Luis se armó de argumentos y acaparó
todas las miradas- que la güela estaba en su sano juicio...
- ¿Y tú que sabrás, si no la veías
hace más de un año? - su tío José
Luis, le calló el primero- tú estás bien
en Madrid, a ti no te importa tu familia del pueblo.
- Tío, usted no sabe qué es de mi vida para hablar
con esa contundencia -Luis se defendió-, además
yo quise muchísimo a la güela, cosa que aquí,
puede decir muy poca gente...
- ¡Deja de decir gilipolleces!. La Güela, que es nuestra
madre, nos dejó menos que a ti, que eres nieto -Pelayo
miraba con odio a los ojos de su sobrino, pero rápidamente
comprendió, que ante un testamento poco se podía
hacer, así que se fue directo al "grano" -. Otra
cosa: ¿qué es esa mierda de que no podemos vender
el bosque a no ser que estemos de acuerdo la mayoría?,
¿qué es eso de que no podemos parcelarlo?...
- Pelayo, tantos estudios para que no entiendas la voluntad de
madre -Teresa nunca se llevó bien con Pelayo, ni con José
Luis- yo, por mi parte no tengo ningún interés en
sacar dinero de esos terrenos de bosque... por mí no existen...
- Además, no creo que tengan valor, no son urbanizables
-Luis, se posicionó.
- Sí que vale dinero, ye bueno para eucalipteras -Paula
rápidamente le sacó valor a aquellas hectáreas.
- Deja de plantar eucaliptos, que eso no tiene futuro -Antonio,
el hijo de Pelayo, que hasta ese instante había permanecido
en silencio, habló por fin-. Yo, como todos sabéis,
acabé mis estudios en dirección de empresas, y actualmente
trabajo para una sociedad que se dedica a crear espacios de ocio...
- ¿De qué cojones estás hablando, Tonín?
-su tío José Luis no se enteraba de nada.
De turismo tío, de dinero fresquito, nada de ocupar todo
un monte con eucaliptos para que luego le den dos perras por la
madera... nada de eso, explícales papá, explícales...
los celtas
"...ellos, a los que no les gusta que
los pobres andemos pensando..."
Y
de esta forma, sus pensamientos, se vieron continuados, correspondidos
por aquella voz que salía de los altavoces de su coche,
del disco que no dejaba de sonar desde que aquella chica sin nombre...
el hada, se lo regalase.
Era tarde, bien entrada la madrugada.
Pero estaba más despierto que nunca. De algún modo,
esa "capacidad" para mantenerse despierto en sus propios...
¿sueños?, evitaba el hecho de perder demasiado tiempo
en descansar, pues había descubierto, ¡su cuerpo
se lo avalaba!, que con un poco de descanso, volvía a recargarse
con una energía que ninguna droga podría igualar.
Una fuerza que parecía llenarle a la vez, tanto el cuerpo,
como la mente, y de esta forma, no dejaba de pensar, escuchando
todo lo que pasaba a su alrededor, con unos oídos nuevos:
de nuevo limpios, de nuevo vírgenes del ruido innecesario
provocado por las prisas de gentes que -de tanto moverse- nunca
llegan a ninguna parte: todos mueren igual de pequeños,
igual de muertos.
Según conducía, la música
le guiaba a través de sus propios lugares recónditos.
Esos que todos tenemos muy dentro, más allá del
silencio de nuestras cabezas. Esos a los que íbamos de
pequeños, esos a los que dejamos de ir desvinculándonos
por completo de cualquier vestigio de "surrealismo",
a cualquier atisbo de algo "mágico" que vuelva
a colorear nuestra vida que poco a poco va perdiendo color a cada
nuevo desengaño, a cada nueva promesa rota, a cada nuevo
gesto sumiso, a cada nueva derrota que nos infringe la vida, hasta
que al fin: la gran mayoría se disuelve en el gris de una
triste vida, envuelta en ornamentos innecesarios: las riquezas
que tanto empobrecen nuestra alma desnuda y libre... ¡que
todos tuvimos un día!
¡Que
todos podemos recuperar!
Luis pensaba en aquellas grandes
fábricas que podía ver tras las ventanillas de su
pequeño coche. Enormes chimeneas como gigantescos cañones
que bombardeaban el sagrado cielo, una y otra vez, sin que nadie
dijera nada, sin que nadie pueda decir nada...
Contemplaba
las hileras negras a ambos lados del gran río Nalón,
que se amoldaba a la carretera por la que circulaba. El río
parecía llorarle de pena a la mar, que tampoco tenía
demasiado por lo que reír.
Pensó
también en lo afortunado de su situación: escribía,
leía, veía, escuchaba, aprendía... ¡volaba!,
y esas eran sus ocupaciones, sus preocupaciones. Cercano a la
vida, escuchándola, retratándola, dejándose
guiar por ella, buscando un para qué, con el que ayudar
al mundo a respirar un poco más tranquilo.
Pero lloraba, no podía dejar de mirar en el interior de
cada coche que se le cruzaba. Irremediablemente, podía
ver en ellos, a gentes de mirada cansada, atascadas en una vida
mal tratada por unos pocos, condenados a pagar una condena que
en ningún caso les permitiría disfrutar de aquella
oportunidad que se le estaba brindando a él mismo: perder
el tiempo descubriendo cómo contribuir TRABAJANDO ¡claro
está!, a limpiar la basura de este, nuestro agónico
mundo.
Luis,
lloraba de rabia al contemplar millones de hombres, que ya no
eran libres, privados de su facultad para decidir, destinados
a desempeñar papeles para los que nadie está preparado.
Seres humanos tratados como el ganado, un mundo lleno de gente
que trabaja para seguir viviendo, sin hacerlo disfrutando: un
mundo feo, sin ilusión y sobre todo: sin esperanza.
Por eso lloraba nuestro amigo,
porque ahora que conocía al enemigo, su para qué...
se daba cuenta de que -como sucedió antaño con Roma-,
nadie los identificaba como enemigos, los hombres se habían
conformado con poder trabajar, dejando los conceptos libertad
o justicia, para las camisetas de los más "radicales",
para los porreros, que no tenían ni puta idea de qué
va la vida. Para esos que dejaban de ponérselas cuando
tenían que cortarse el pelo y currar si no querían
ser devorados por esta gran bestia llamada globalización.
¿la realidad?
- ¡Tinín! -chilló Luis-, No sé, no
distingo entre sueños y realidad... ¿estaré
perdiendo la razón?
- No creo, lo que sucede, es que cuesta acostumbrarse a las otras
realidades que el resto toma como fantasías o supersticiones,
y al principio, los sueños son el mejor nexo entre ambos
mundos, pero tú no soñaste ¿a que no?
- No lo sé, lo viví muy intensamente... ¡qué
coño, claro que estaba soñando!.
- Mira esta realidad, tan sólo es una "realidad",
pero hay otras que se solapan, que se entrecruzan con ella, no
sólo lo que tú llamas "sueños",
sino también, visiones de tiempos que están por
llegar, o incluso de tiempos que ya pasaron... Pero, pero, pero...
-Tinín se detuvo para añadir intensidad a sus palabras-,
no vayas a comentarlo con la gente del pueblo, con tus familiares.
Ellos lo temen todo, pero no ven nada, sólo se asustan
ante las criaturas del bosque...
- ¿Y la guaxa? -preguntó el joven con cierto aire
de preocupación.
- No debiste invitar a tu primo.
- Yo no le invité, se quedó él solo... pero
no puedo permitir que le haga daño -y Luis se quedó
pensativo, sin dejar de mirar al viejo- ¿y tú cómo
sabes que va a por él?
- Tienes que aprender a leer entre líneas, a tomar como
una sola historia todo aquello que vives, sea sueño o realidad...
Todo tiene un para qué que irás descubriendo tú
mismo, mientras tanto y si quieres hacerle un favor -refiriédose
a Antonio de nuevo- dile que marche a la capital, aquí
no es bien recibido.
- ¿Sabes lo de los terrenos del bosque?
- Sí, claro que lo sabemos... ¡hay que luchar! Este
bosque no es vuestro. Németon no es de nadie, por eso tu
güela os lo dejó a todos... para ver a cada uno, a
ver por dónde salíais.
la güela
... "Bueno Luisín,
ya escuchaste el testamento, y puede que hasta estés algo
molesto por no haber previsto tu problema de liquidez... pero
es que hijo mío, no se puede comprar una vida, primero
hay que tener una senda, y después seguirla... hay que
buscar un camino y luego seguirlo. Así que quédate
unos días. No digo yo, que tu vida sea morir en este pueblo;
pero puede que pasando un tiempo aquí, puedas intuir ese
"camino", o quizá decidirlo tú mismo...
sin prisas, que es como se ven mejor las cosas...
Por otro lado, tienes casa, trabajo
no te hace falta en unos días y dinero... algo te dejé
bajo tu cajina, la de tus cromos , dónde siempre guardaste
los tesoros... busca, y no te preocupes por la güestia, que
no te quiere a ti, tampoco te preocupes por el dinero... ¡nunca
en la vida!. Preocúpate en el por qué... o mejor
¿para qué necesitas dinero?...
No temas al bosque y busca en él a Aurora... habla con
ella, deja que te enseñe, ella sabe cómo hablar
con las sombras
"- en ese instante, a Luis se le
pusieron de punta los pelos de la nuca, y un escalofrío
le recorrió el cuerpo de punta a punta, pues escuchó
de forma muy clara, la respiración de alguien tras él...
Paralizado por el pánico volvió
a escuchar justo detrás suyo, ese susurro. Una respiración,
que parecía provenir de un ser muy anciano
Y sin
saber exactamente el motivo, siguió leyendo la carta de
su abuela, como si en sus palabras pudiera encontrar un exorcismo
que ahuyentara aquella respiración- "
aprende
a no temer lo desconocido, las respiraciones de seres en la noche,
marchan cuando huelen lo que querían oler, cuanto menos
miedo huelen, menos hostiles son ...
Bueno hijo, un beso... y no te muevas, ya marchará..."
|